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domingo, 16 de diciembre de 2012

UN DÍA DESPUÉS DEL 21







UN DÍA DESPUÉS DEL 21
(EB-5 diciembre 2012)




Hoy es domingo 23 de diciembre de 2012. Ha pasado un día del fin del mundo. Estoy despertando de un sueño convertido en  pesadilla. No recuerdo la fiesta que había cercana. Mi mente está confundida, hay muchos insectos alrededor mío y muchos escombros. Ventanas, puertas, automóviles, árboles tirados en el piso, mucha agua ha invadido los espacios, ladrillos rotos, barcos ardiendo, papeles, muchos papeles volando por los aires con un desagradable y nauseabundo olor a carne podrida. Mis ojos están de duelo, el llanto y mis gemidos se confunden con el vacío que siento en mi estómago. Me he levantado de un hueco donde parece que es la tumba de todos, de los que no sobrevivieron a este terrible y frenético ruido del fin. Vivo sobresaltado, trato de caminar entre escombros, quiero encontrar a otra persona que como yo haya sobrevivido a este holocausto de la humanidad. Es difícil, mis ojos están presionados por una especie de neblina de polvo pesado que corre como nubes entre los escombros. No hay espacio donde el aire, el oxígeno sea limpio de pasión, de muerte, de final, del mito difundido hace años, hace meses confirmado y hoy comprobado. Soy un sobreviviente.


Ahora debo construir lo que antes llamaban “Historia”, y tiene que ser diferente. Ya no apareceré en las cavernas, porque estas o desaparecieron o nunca han existido. Entonces iniciaré a vivir la “Edad de los Escombros”, entre basura, entre cosas destruidas donde lo pasional es mortal. Siento mucho frío, no veo cerca una manera de abrigarme. No tengo opción de originar el arte en las paredes de la nada, ni esculpir figurillas humanas y de animales porque he olvidado sus formas, cómo fueron, cómo se movían en sus territorios hoy destruidos. Grande bloques de cemento y fierros se entrecruzan en una maraña de líneas rotas y esparcidas en el espacio saturado de lo mismo. Sigo buscando una luz de todos modos. No entiendo qué es el tiempo, ni cómo aprenderé a diferenciar el día de la noche. No veo el sol y aún no veo la luna. Las estrellas se han ido lejos, clandestinas, llorando por los hombres de la tierra a un rincón de la Vía Láctea.


No distingo ningún animal, veo cucarachas, hormigas, gusanos por doquier. Larvas, microbios, virus en los muros derruidos de las viviendas de entonces.


No existe un pueblo último, todo ha desaparecido. Estoy triste, terriblemente triste y abatido. He recorrido con mucha dificultad un sendero inexistente y me siento solo. Siento frío, hambre, sed, deseo de volverme a dormir. Fuimos tontos los hombres que teniendo la luz del sol creamos la electricidad para saturar el planeta. Que teniendo el cielo tachonado de estrellas, dejamos entreabiertos nuestro cielo preocupado. Fuimos tontos, al creernos poderosos fraccionando la inteligencia de los otros hombres. Fuimos arbitrarios no respetando la diversidad de razas, creencias, y niveles. Hoy lo hemos perdido todo, o casi todo, porque aún queda la esperanza que no desapareció de mi corazón, y espero que otros se hayan salvado para empezar la vida de nuevo y como sombras sigilosas aprendamos a vivir resonantes de alegría a pesar del caos, la soledad, las astillas que quedan en el alma después de este holocausto.


Ya no podré hablar de arte porque ha muerto la expresión en mi corazón, mi mente y mis manos. No podré contar los hechos porque perdí la noción del tiempo. Y la Historia es tiempo, edades, ciclos, etapas. Ya no sabré orientarme para dirigirme al mejor lugar, porque los vientos corren a todas las direcciones y no siempre a las mejores, donde el camino exista y no tenga tantos obstáculos para caminar..  La comunicación ya no tiene sentido, porque vaya uno a saber con quién me comunico ahora. Viviré un tiempo sin tiempo, una hora letal con nuevas reglas de juego. 


No podré hablar de existencia, porque no sé cuantos viven como vivo yo ahora. Todo se ha diezmado, la voracidad y el egoísmo han acomodado por siglos la ambición de los hombres sobre lo material alejándolo de lo espiritual. No sé cuando aparecerá un animal doméstico en los días sin tiempo. Ni si alguna vez recordaré la fórmula del pastel de manzana que preparaba mi madre con la exquisitez de sus manos. No veo una flor ni siento su aroma, para acompañarme en mi sueño y regalarme la ilusión de la esperanza confirmada.


Tendré que aprender a caminar para conocer si hay algún fecundo lugar para reiniciar la agricultura y surtirme de nuevos alimentos. Las muertes son innumerables en mi camino, escenas fantasmagóricas y horripilantes aparecen ante mis ojos cada momento. Ahora veo gente sufriente en ese edificio caído. Parecen apagar el incendio provocado por el holocausto. Hay una terrible pobreza en mis ropas, y una permanente angustia en cada cosa destruida que veo. Hay una gran herida que no sólo es mía, es del planeta entero, o lo que de él queda.


Deseo asearme, enjuagar mi boca, lavar mi cuerpo y mis cabellos y no veo agua limpia por ningún sitio. Toda está empozada, huele a podrida, está mezclada con asfalto, gas, excremento y tinieblas. Ya no existe la arquitectura porque todo está caído. No existen ciudades, sólo historias borradas en el tiempo. Estoy recorriendo espacios demolidos, simuladores de montañas, débiles ahora como los últimos hombres que albergó el planeta tierra.


Todo es desolación no hay verdes, ni aves que emprendan vuelo, el tiempo transita sin saber que existo yo o existe él. Hay un agujero en mi cuerpo lleno de palabras de rebeldía, de soberbia de la absurda letanía que aún me queda como humano. Tengo miedo, terrible miedo de perder el arco iris de mi tiempo cuando fui niño, de que se apague el fuego tan importante para hacer la vida llevadera. Siento la temperatura más fría, creo que se avecina una tormenta de nieve, muy fría, terriblemente fría. No veo una sola planta,  y mis párpados caen pesados hasta dolerme la nuca.

 
Todo se ha vuelto sombras, es como una leyenda que no quisiera recordar, porque se alborotan mis sentidos y el silencio termina por callar el ruido de mi sangre dentro de mis venas, o la saliva en mi boca. Confieso que prefiero un desierto de arena, que esta ciudad destruida, demolida, castigada, hechizada y maloliente. Prefiero regresar al clásico diario ritual de mi vida pasada, a esta que ya no es vida. Me cansa caminar y me cansa decir una palabra. Me cansa pensar, los latidos de mi corazón acelerado muchas veces de acuerdo a la escena que veo. Hay fuego en la planta de mis pies, y frío en el resto de mi cuerpo. Hay sombras y hay miedo. Hay eclipse de amor, de pensamientos, de lujurias reprimidas, de soberbia despiadada.


Quiero terminar, sin que me toque el dolor, sin que lloren mis ojos, estoy muy cansado, furioso, que sólo espero una mano celestial que me acaricie para sentir que aún soy amado...





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