HABLANDO DE COLORES

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“Hablando de colores” El artista a exponer es Enrique Bustamante, autor entre otras cosas del pintado del pueblo de Antioquía en el Valle de Lurín, considerado por el Guiness Record como “el retablo más grande del Mundo” Bustamante presentará 10 de sus obras, pintadas al acrílico sobre tela natural y con medidas de O.50 x 0.50 cm cada una. Su estilo pictórico está calificado como “naif contemporáneo” de acuerdo a los especialistas. Es decir, una pintura ingenua, infantil y de improvisado resultado. la exposición de pinturas que se inaugurará el viernes 12 de octubre en la Biblioteca Municipal del distrito de Los Olivos, a las 6 de la tarde. Jr. Cesar Vallejo 1670 Urb. San Juan de Dios

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miércoles, 6 de diciembre de 2017

MI ADOLESCENCIA









MI ADOLESCENCIA








La grandeza de mi corazón, como una sábana, cubría las virtudes que entonces me acompañaban. Era un coro de ambrosía y un aroma de medianoche lo que irónicamente me llevaba a paso lento a concretar mi vocación religiosa. Me había formado con sacerdotes de la Compañía de Jesús (Jesuitas), quienes dirigían mi parroquia con éxito inesperado.



La constancia para el ritual, mi interés por el latín, la musicalidad de mi voz de niño y la disciplina, embriagaban mi mente adolescente. Me gustaba y aún me gusta, el universo de ceremonias, homilías, expresiones públicas de fe. Sin dejar de lado la humildad en el primer plano de nuestras manifestaciones. Así el tiempo fue sembrando en mi apaciblemente, respeto por lo espiritual.



Entonces, la belleza no me era ajena a mi admiración. Me gustaba disfrutar de los colores de las casullas, las flores en el altar, las imágenes religiosas, y como un espejo reflejaba en mi mente lo contemplado. Apoyado en un reclinatorio oraba pidiendo a Dios por mi espíritu invitado a cosas mayores. Sentía que estaba ayudándome de una armadura celestial para emprender la realización de mis sueños. Me emocionaba la música, la belleza, el espíritu mismo en sus decisiones filosóficas para desenrollar los enigmas de la vida.



Amaba ser como era, contemplando, orando, pensando y acercándome a la realización de mi vocación temprana. Entonces hice un viaje a Arequipa y me interné como seminarista en el Seráfico de los Padres Franciscanos del distrito de Tiabaya. Allí llegué a entender que para servir a Dios, hay que renunciar totalmente a las cosas de este mundo, sobre todo a lo material que es lo que más nos atrae y permanentemente, nos tienta.



Allí conocí la humildad con que un sacerdote debe entregarse a sus fieles creyentes. La seriedad con que debe asumir su castidad, el alejamiento de lo libertino, la iluminación de las almas ajenas, pero especialmente de la suya. Allí conocí la pureza en su manifestación más celestial, y la manera de agradar a Dios renunciando a muchas cosas terrenas. 



Pero la historia se interrumpió y acosado por mi salud, volví a Lima, a casa de mis padres, al lado de mis hermanos y a continuar la vida. No me fue difícil adaptarme a los jóvenes  de la época, como yo. No aprendí a ser un dechado de virtudes cristianas, pero tomé el camino que como una bóveda nocturna me enseñó que las medianoches no deben ocultar nuestras virtudes. Que el  ejemplo bueno o malo lo tomamos de nuestra familia, nuestro hogar. Por suerte en mi hogar las virtudes cristianas se practicaron siempre, y las sombras nunca oscurecieron insanamente.



Hoy, en la tarde de mi vida, he querido recordar esta etapa adolescente y decirles que me enternece saber que no tomé caminos equivocados, y sigo navegando en aguas de un mar tranquilo, placentero y transparente……



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